Hoy vamos a aclarar dos conceptos importantes que a menudo se confunden: el tipo de piel y el estado de la piel. Aunque a primera vista parecen similares, en realidad son cosas completamente diferentes.
El tipo de piel es algo con lo que naces
El tipo de piel está determinado genéticamente y, por lo general, te acompaña toda la vida. Se define por la cantidad y actividad de las glándulas sebáceas.
Se distinguen cuatro tipos de piel principales:
- Normal: textura uniforme, poros pequeños, luminosidad natural sin brillo graso.
- Seca: fina, mate, a veces áspera, poros casi imperceptibles.
- Grasa: densa, con poros dilatados, brillo graso característico durante el día.
- Mixta: el tipo más común, donde diferentes zonas del rostro tienen un tipo diferente (por ejemplo, zona T grasa y zona U normal o seca).
Con el tiempo, el tipo de piel apenas cambia. Lo que muchos confunden con un «cambio de tipo» suele estar relacionado con un cambio en el estado de la piel.
El estado de la piel es algo que se puede mejorar
A diferencia del tipo, el estado de la piel cambia a lo largo de la vida bajo la influencia de la edad, las hormonas, la alimentación, el estrés, el clima y los cuidados.
Principales estados de la piel:
- Deshidratada: sensación de tirantez, pequeñas arrugas finas, opacidad.
- Sensible: enrojecimiento, picor, irritaciones, reacción a muchos productos.
- Problemática: erupciones, inflamaciones, comedones, acné.
- Pigmentada: manchas pigmentarias y de la edad, tono desigual.
- Estresada: opaca, gris, cansada, con pérdida de elasticidad.
- Envejecida: disminución de la firmeza, arrugas, pérdida de densidad de la piel.
Es precisamente el estado de la piel lo que podemos mejorar notablemente con los cuidados adecuados.
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¿Y qué tipo de piel tienes? ¿Y cuál es su estado actual?
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